lunes 21 de diciembre de 2009

GRACIAS a tod@s. Ahora, ¡a buscar EDITOR!

Aprovecho estas lineas para dar las gracias a todas aquellas personas que visitáis mi blog. Gracias de verdad, gracias por superar las 6.000 visitas en apenas unos meses, gracias por vuestros mensajes de apoyo, gracias por vuestros comentarios en mis anécdotas, gracias por suscribiros al blog para recibir las anécdotas en vuestros correos y gracias por difundir mi blog entre vuestros contactos.

Gracias a vosotros, y gracias también al trabajo realizado por D. Carlos González Alonso al incluir un reportaje del blog en la Revista de la Guardia Civil, con un poco de suerte, espero pronto salga un editor que publique mi libro y pronto pueda ofreceros no sólo mis anécdotas a través de internet sino también en formato libro.

Por todo lo dicho, gracias a tod@s y espero seguir contando con vuestra incondicional participación en el blog.

Mi primera inspección ocular.-

Mi paisano Juan, excelente persona y bético hasta la médula, sería quien me contara otra curiosa anécdota que le ocurriera personalmente cuando apenas llevaba unos días en su primer destino. Dicho relato, como veremos a continuación, tuvo también como protagonista principal a uno de los caimanes que había en su cuartel.

Juntos, caimán y alumno, mientras patrullaban por las tierras sevillanas de su demarcación, se les comunicaba por transmisiones la necesidad de acudir a una parcela donde presuntamente se había producido un robo. Tras dar el “recibido” a la central, se dirigieron al lugar para ver qué había ocurrido y para realizar la correspondiente inspección ocular. Juan, por su parte, a sabiendas de que asistiría a la que sería su primera diligencia de inspección ocular, se encontraba muy ilusionado a la vez que nervioso.

Una vez en el lugar, y mientras Juan revivía mentalmente algunos capítulos de la famosa serie norteamericana C.S.I., observaron en la cancela de entrada de un pequeño terreno que a su vez contaba con un coqueto caserío, a unas cuatro personas muy enfadadas por lo ocurrido y casi pidiendo explicaciones a los guardias por lo sucedido. El caimán, al verlos, afirmó: “Vaya telita, otra vez esta gente”. Juan, extrañado, preguntó acerca de quiénes eran estos señores pero no obtuvo respuesta.

Por suerte, su experimentado compañero pronto tomó las riendas de la situación y supo lidiar con estos ciudadanos. Directamente, desde que se bajó del coche, comenzó a explicarles que no se preocupasen por lo sucedido pues se iban a tomar huellas y recoger vestigios que pudieran inculpar a los causantes del robo. Las víctimas, algo más calmadas, dejaron entonces trabajar.

Y se pusieron manos a la obra. El caimán se dirigió a su novato compañero advirtiéndole que no pisara ni tocara nada sin su permiso y que se pusiera detrás de él. Juan, advertido, hacía sólo lo que le decía su Grissom particular teniendo muchísimo cuidado de no destruir involuntariamente ninguna prueba. Así, ambos guardias, guantes de látex en mano y bien metidos en el papel, se dedicaron a recorrer la parcela en busca de pruebas. Juanito, temeroso, iba pisando sobre las huellas que había dejado su compañero para no meter, nunca mejor dicho, la pata. Mientras, el caimán iba tomando fotografías de la escena del robo con su teléfono móvil a la vez que daba órdenes a su compañero tales como:

- “¿Ves ese candado roto?, cógelo”, “coge esa piedra grande que creo que es la que se usó para romper el cristal”, “coge ese trozo de tela roto”…
- “De acuerdo”, respondía Juan a cada una de las preguntas mientras metía cuidadosamente las pruebas en una bolsa de plástico.

Concluida la inspección ocular, el veterano agente se dirigió a los dueños de la finca indicándoles que las pruebas serían enviadas al Servicio de Criminalística de la Guardia Civil (SECRIM) para su análisis, iniciándose a continuación una investigación por lo ocurrido. Hecho esto, los agentes se dirigieron al coche de patrulla para abandonar el lugar.

Juan, una vez se había montado en el vehículo y contentísimo por haber asistido a su primera y muy meticulosa inspección ocular, emprendió el camino hacia el cuartel con su experimentado maestro que, apenas unos quinientos metros después de iniciar la marcha, espetando una cuasi ininteligible frase tal que: “¡Anda y a tomar por culo!”, cogió la bolsa de plástico en la que estaban todas las pruebas y que Juan custodiaba con muchísimo cuidado y la tiró por la ventanilla del coche diciendo: “¡Anda hombre, tanta tontería!” cayendo ésta en la cuneta del camino por el que circulaba la patrulla y desparramándose todas las pruebas en un radio de 5 metros.

Juan, totalmente sorprendido por los acontecimientos, optó mejor por no decir nada. Sería su compañero quien le sacara de dudas. Resulta que era una familia que ya había denunciado decenas de veces haber sufrido robos tanto en la parcela que los guardias habían visitado como en otras posesiones que tenían repartidas por la demarcación, siendo todas denuncias falsas. Entonces, el caimán, recurriendo a una batería de preguntas, explicó a Juan lo acontecido en aquel lugar.

- “¿No te has dado cuenta de que no era gente corriente?, ¿que lo único que han hecho es culparnos a nosotros desde que llegamos al lugar?”, preguntó el caimán.
- “Ya, ni que hubiéramos robado nosotros”, contestó su pupilo aún patidifuso.
- “Además, ¿no te has dado cuenta que el candado había sido roto con las tenazas que había justo al lado y que el dueño de la finca corrió a quitarlo de en medio cuando tú lo estabas recogiendo diciendo casi abiertamente que lo habían roto ellos mismos?”, preguntó demostrando grandes dotes investigativas.
- “Así es”, asentó Juan recordando al dueño de la finca llevarse furtivamente el instrumento con el que seguramente cortó el candado.
- “¿Y no te acuerdas cuando te dije que cogieras la piedra con la que habían roto el cristal de la casa? ¿Acaso no fue el dueño quien nos dijo que esa piedra había sido usada para romper el cristal? ¿Es posible que alguien rompa un cristal con una piedra y tanto la piedra como los cristales aparezcan fuera de la casa en vez de dentro? ¿Quién entra en una casa y rompe un cristal de dentro hacia afuera?”.
- “Vale, vale, no me digas más, entiendo”, culminó Juan.
- “Pues te voy a decir más, si llego a saber que era esta gente, ¡es que ni vengo, vamos!”.
- “Ya, ahora lo entiendo todo”, respondió el joven guardia reconociendo haber sido engañado por los denunciantes y no haberse dado cuenta de las cosas que con gran perspicacia había visto su compañero.

Dicho esto, ambos volvieron al cuartel habiendo llegado a la misma conclusión: “Hay cosas que a los jóvenes y crédulos guardias no enseñan en la Academia”. Es tanto lo que pensó su maestro caimanete como el pobre de Juan. He aquí un ejemplo.

Por su parte, el alumno, habiendo caído en la cuenta de su error, comprendió con este hecho el largo camino que aún le quedaba por recorrer y las muchas cosas que aún le quedan por aprender. En fin, una experiencia más vivida y una anécdota más para contar.


(Vote a continuación qué le ha parecido la anécdota o deje un comentario, gracias).

© 2009 Beneméritas Anécdotas.

viernes 11 de diciembre de 2009

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El loco, el caimán y los duendes gigantes.-

En esta ocasión, y tras dar a conocer las aventuras y desventuras de Serenito, mí hermano extremeño Fran me comentó un hecho similar acaecido en el puesto donde acudió en su primer destino. Un hecho referente a un personaje que había en el pueblo donde realizó su formación como guardia alumno y que a continuación paso a narrar en primera persona:

Pequé de novato cuando, prestando un servicio de puertas se acercaba al cuartel un señor de nombre Eulogio, aunque conocido por todos en el pueblo como “Lute”, que quería poner una denuncia por hurto y allanamiento de morada. Según decía, le habían entrado en casa y le habían robado, entre otras cosas, “los papeles de la vivienda”. Inocente, comencé a recoger la denuncia en nuestro programa informático (conocido con el nombre de SIGO) con mil dudas a la hora de elegir qué tipo de hecho delictivo se había cometido (lo dicho, novato perdido).

- “Mire usted, señor guardia, me han entrado en casa esta noche, y no es la primera vez que lo hacen, pero esta vez se han llevado las escrituras de la casa para quedarse con ella y apropiársela. Estoy harto de que entren en mi casa pero es que esta vez se han pasado de la raya, no hay derecho”.

Entonces, mientras continuaba recogiendo la denuncia, aunque ya con la mosca detrás de la oreja, hizo acto de presencia en el puesto uno de mis compañeros que, al ver el percal, directamente comenzó a realizar aspavientos y a decirme que no con la cabeza y los brazos. Yo no tenía ni puñetera idea de lo que estaba pasando o lo que dejaba de pasar hasta que, segundos después, sería el propio denunciante quien me aclarara las cosas afirmando:

- “¿Y sabe usted quienes son los que entran en mi casa, agente? ¿Usted lo sabe?”
- “No, señor”, respondí con cara de gilipollas y esperándome lo peor.
- “¡Duendes!” exclamó exaltado. “Duendes gigantes, señor guardia”, gritó. “¡Gigantes de dos metros!” añadió a continuación poniéndose de pie.

En ese momento, cayéndome de la parra, me di cuenta de que había picado como un novato, como lo que era (y como lo que soy). A ver quien era el listo ahora que llamaba a la Comandancia para explicar que la denuncia que había creado, pues bueno, había que cancelarla, eso sí, dando un buen rodeo a lo acontecido porque ¡vaya vergüenza!

Tras lo narrado y aún con este personaje en el puesto, llegaba el Sargento. Directamente, sin que nadie dijese nada, se aproximó al denunciante diciéndole:

- “Vamos a ver, Lute, qué es lo que pasa ahora”.
- “Otra vez me han entrado en casa” respondió Eulogio casi llorando.
- “Mira, esto es lo que vamos a hacer…”. Entonces, mi sargento se metió en un cuarto pequeño donde teníamos diverso material de oficina y otros objetos y, tras hacerse con una jaula propia de canarios o jilgueros, se dirigió de nuevo a Eulogio en estos términos: “Aquí tienes la jaula, el día que me traigas uno metido dentro, yo te mando a todas las patrullas a tu casa”.
- “No se preocupe, que se lo traeré, no tenga la menor duda”, marchándose a continuación convencido de lo que habría cacería.

Menuda cara de besugo que se me quedó tras lo acaecido. Ni que decir tiene que me convertí en el nuevo hazmerreír del cuartel hasta que tuve la suerte de que llegara otro guardia alumno al que pude pasarle la pelota, aunque seguro que aún se acordarán allí de mí.

En fin, la verdad es que ahí no quedó la cosa. Muchas semanas después, Eulogio se dirigió al puesto sobre las 3 de la tarde llamando al cuartel aunque sin encontrar respuesta alguna ya que las oficinas estaban cerradas desde las 14 hasta las 17 horas. Sería la mujer de un compañero quien se asomase al balcón de su pabellón (cada una de las viviendas que componen un cuartel) para indicarle a nuestro personaje que no había guardias en el cuartel, que estarían por ahí de patrulla.

Una hora después, misma situación, Eulogio llamando y la señora contestando. Llegan al acuerdo de que la mujer del compañero alertaría a los guardias en cuanto estos llegaran de nuevo al cuartel, aunque poco caso hizo Lute a lo pactado.

Sobre las cuatro y media, el caimanete del puesto y yo llegáramos al cuartel. Nada más llegar, la mujer de uno de nuestros compañeros nos alertaba de la presencia de un señor muy nervioso y con problemas en casa, un señor al que le habían entrado a robar. Pronto se nos vino a la cabeza su figura y, mirándonos mi compañero y yo a la cara, exclamamos al unísono: ¡Lute!

Y como si hubiera oído nuestra llamada, hizo acto de presencia el interfecto exclamando que los de siempre, los “duendes gigantes”, estaban en esos momentos en el interior de su casa.

El caimán, se dirigió entonces a Eulogio de esta guisa:

- “Vamos a ver hombre, una de dos, o son duendes, o son gigantes, pero las dos cosas a la vez no puede ser”.
- “Se lo juro agente”, respondió.

Yo ya no tenía ni idea de si realmente estaba soñando, si se me había ido la olla o qué sé yo. El caso es que, cuando Eulogio se refirió a “los mismos de siempre”, a los “duendes gigantes”, creí que mi compañero iba a mandarlo a tomar por saco. Pero nada más lejos de la realidad, en vez de decirle que se deje de tonterías, va y le suelta lo de que si son duendes, no pueden ser gigantes…, asombroso.

Pero bueno, eso no fue todo, simplemente fue el comienzo de una de las historias más absurdas que haya vivido el ser humano. Mi compañero, con rostro serio, se dirigió a mí diciéndome:

- “Fran, vamos a acompañar a este señor a su casa y a detener a unos duendes gigantes, así que coge del cuartillo un cubo, una brocha de las gordas y prepárate para lo peor”.
- “Vale” contesté tarde, pues mi compañero no me había guiñado el ojo y yo no asimilaba tan absurda frase.
- “Ahora coge esa estatua de la Virgen del Pilar y dale un beso, Fran”. Hecho esto, cogió el caimán y le dio un beso a la estatua, obligando al “denunciante” a hacer lo propio con la imagen de nuestra Patrona.
- “Gracias por lo que está haciendo por mi causa”, suspiró Eulogio ante tal muestra de apoyo y ayuda hacia su persona.
- “Para nada ciudadano, es nuestro deber, así que ahora, condúcenos hasta tu hogar”, concluyó mi compañero de patrulla mientras yo buscaba alguna cámara oculta porque esto debía ser una broma.

Raudos, nos dirigimos a su casa. Eulogio en su R4, y nosotros en un antiguo Nissan Patrol. Una vez que llegamos allí, el caimán volvió a disponer:

- “Eulogio, arrodíllate y no vayas a entrar bajo ningún concepto” afirmó el caimán con voz firme, cubo y brocha en mano.
- -“Sí, sí”, respondió Lute asustado.
- -“Fran, llena el cubo de agua y colócate detrás mía y no hagas nada hasta mi señal”.
- “A la orden”, respondí.

Entramos en aquella inhóspita, bastante hedionda, completamente desordenada y semiderruida casa sin saber cómo era posible que allí viviese una persona. El caimán, cogiendo cubo y brocha, y mojando la segunda en el primero, comenzó a exclamar:

- “¡Fuera de aquí malditos duendes, dejad en paz a Eulogio!” gritaba mientras arrojaba agua con la brocha a los escasos y muy deteriorados muebles que había en el “hogar”. Acto seguido, cogió un trozo de hierro y comenzó a golpear el suelo de albero de la vivienda a la vez que decía: “¡Toma! ¡Toma duende maldito! ¡Toma!”.

Tras un par de minutos de “lucha encarnizada”, salimos de la casa con un trozo de tela que había recogido mi compañero del suelo diciéndole a Eulogio:

- “Toma, esto es lo que ha quedado de ellos, nunca más volverán a molestarte”.
- “Gracias, agentes, gracias”, respondió muy emocionado.

Acto seguido, nos marchamos de allí pudiendo afirmar que, aunque poco ortodoxa, la actuación de mi compañero fue de sobresaliente. Nunca más Eulogio volvió a hablar de duendes gigantes. Nunca más apareció en el puesto asustado solicitando ayuda. Nunca más fue a denunciar ni hurtos ni robos en su propiedad durmiendo desde entonces tranquila y plácidamente sin temor alguno.

Con ello, aprendí una valiosa lección. Sé que la forma de proceder de mi compañero, habrá algunas personas que no la comprendan. Les parecerá que es una falta de respeto contra este singular personajillo, aunque, personalmente, a mí me pareció excepcional, entre otras cosas, porque la viví y pude ver la cara de satisfacción de Lute. Supongo que ahorrar a Eulogio horas de terapia, miedos y temores, y de idas y venidas al cuartel con una “broma” como la que le gastó mi caimanete, vale más que haber recibido a dicho personaje dándole largas, ignorando sus penas, tratándolo como un loco y remitiéndolo a un psiquiatra. Juzguen ustedes mismos.


(Vote a continuación qué le ha parecido la anécdota o deje un comentario, gracias).

© 2009 Beneméritas Anécdotas.

martes 1 de diciembre de 2009

Un susto de Muerte.-

El siguiente relato, que sirvió para el descojone de mis compañeros en aquella tarde- noche de noviembre, ocurrió en los calabozos de los juzgados de la catalana ciudad de Sabadell. Aquel día tuvimos que dirigirnos al citado tribunal para poner a disposición judicial a tres detenidos por un caso de homicidio. En este sentido y antes de profundizar en el relato, he de señalar que tanto mis compañeros como yo íbamos de paisano, o lo que es lo mismo, sin vestir el uniforme oficial; dato éste fundamental para conocer el devenir de la anécdota.

Una vez en el lugar, metimos a los detenidos separadamente en tres de los seis calabozos que había en el sótano del edificio y que se organizaban a lo largo de las cuatro paredes de una tétrica estancia de unos cien metros cuadrados aderezados con cancelas por todos lados y una gran columna en el centro.

En cuanto a nosotros, nos fuimos a una pequeña sala anexa habilitada para las fuerzas y cuerpos de seguridad encargadas de la custodia de sus respectivos detenidos. Habitáculo que se diferenciaba de los calabozos única y exclusivamente en que tenía puerta y no cancela, pero poco más. Allí, junto a otros compañeros de la Policía Nacional y de los Mossos d’Escuadra, pasábamos las horas hasta que los detenidos fueran llevados a presencia del juez correspondiente.

Tras unas diez horas de espera, los calabozos, que habían estado abarrotados de gentucilla, quedaban ahora casi vacíos, solamente ocupados por los detenidos que habíamos llevado nosotros. Mientras tanto, el que suscribe, que había hecho migas con uno de los reos, se dispuso a atender su llamada pues no se encontraba muy bien psicológicamente y quería hablar y desahogarse conmigo.

Sin problema ninguno, atendí su petición y, conociendo su estado de ánimo y la poca peligrosidad del mismo, decidí abrir el calabozo y sentarme con él a charlar en el poyete que había en el interior de la celda. De esta forma, pasé más de treinta minutos dialogando con este desconsolando señor que, la verdad, sólo era culpable de estar en el lugar menos indicado a la peor hora posible. Entre tanto, la cancela, si bien no estaba bajo llave, había quedado encajada de manera que parecía que estaba cerrada.

Serían las diez de la noche cuando, mientras continuaba conversando con el detenido, escuché un ruido extraño fuera del calabozo, como si alguien estuviera rascando la pared. Al asomarme, observé detrás de la única columna de la sala a una señora que estaba barriendo el recinto. Esta señora, encargada de la limpieza de los calabozos, se hallaba trabajando a sólo unos metros de nosotros por lo que me dispuse, sin pensar en las consecuencias, a salir para saludarla cortésmente.

Sin embargo, y a pesar de que mis palabras fueron: “¿Qué tal señora? ¿Trabajando hasta tan tarde?”, apenas prestó atención a lo que dije y al verme abandonar el calabozo abriendo las rejas con naturalidad, recordando al lector que no llevaba absolutamente nada que me identificara como guardia civil, comenzó a gritar y a chillar descontroladamente solicitando auxilio. Entonces, mientras yo intentaba calmarla y explicarle la situación sin éxito, la pobre, fruto de los nervios, corría como pollo sin cabeza en busca de una salida que no encontraba dándole vueltas sin sentido a la columna que había en el centro de los calabozos. Por suerte, le dio por correr, porque ya me veía yo recibiendo escobonazos.

Finalmente, y tras más de diez vueltas al citado pilar por parte de la aterrada mujer, llegaron mis compañeros alertados por sus gritos logrando convencerla de que yo era un agente de la benemérita. Sin embargo, el disgusto ya no se lo quitaba nadie. Curiosa la cara con la que me miraba la señora desde entonces haciéndome ver que, aunque me había identificado, enseñado la placa o carnet profesional e incluso la foto que tenía en el móvil de la jura de bandera junto a mi madre y mi hermana, seguía pensando que yo, y son palabras suyas, era un "chorizo". "Es que con esas pintas hijo…”. La madre que la parió, encima me llama “pintillas”.

Pero bueno, perdonable porque menudo sobresalto que se llevó la señora y, también hay que decirlo, burlas que me llevé yo por parte de mis colegas que sólo sabían decirme: “Pero, ¿cómo se te ocurre chiquillo? ¿Cómo se te ocurre?”. En fin, la próxima vez me quedaré dentro de la celda y punto, o mejor aún, ya no entro más en ninguna, porque vaya tela, vaya tela la que monté.


(Vote a continuación qué le ha parecido la anécdota o deje un comentario, gracias).

© 2009 Beneméritas Anécdotas.